Algunos hablan de zonas de comfort. Yo hablo de varas.
No sé si alguna vez viste a Yelena Isinbayeva volar por los aires saltando con garrocha. Verla saltar era realmente impresionante. De hecho, ella impuso récords mundiales y récords olímpicos. Le ganaba a sus rivales por enormes ventajas. Incluso saltaba más alto que muchos hombres. Era un espectáculo observarla envolverse en una cobija y recitar las oraciones que la concentraban para lograr su objetivo. Pero Yelena no sólo era una excelente atleta, sino que además es una mujer hermosa, bella, sexy, femenina. Todos los que la vimos competir, no sólo admirábamos sus dotes deportivas, sino que también nos enamorábamos de ella.
En todos los momentos de nuestra vida, tal como Yelena, debemos saltar varas. Desde niños, nuestra mamá nos pone alguna vara que alcanzar. Por ejemplo, cuando nos suelta de las manos y temblorosos, damos nuestros primeros pasitos. Las mamás le llaman: Un solito. Para un bebé, dar los primeros pasos solo, implica un gran reto. Si nuestra mamá se descuida un poquito o si nos pone demasiado lejos de sus brazos, es probable que las primeras veces caigamos. La fuerza de gravedad hace su chamba y nos caemos y lloramos. Y a nuestra madre se le estremece el corazón.
Sin embargo, una vez que dominamos la técnica de caminar, los niños comienzan a desarrollar otras habilidades. Entonces pueden comenzar a saltar, a correr, a subir escaleras o a girar como remolinos. Las siguientes varas van pintándose en nuestra vida de manera casi natural, cada vez que rompemos nuestro propio récord y la antigua vara nos queda chica.
A menos que el niño tenga algún problema físico, todos los niños logran caminar. A pesar de que la vara fue alta en su momento, después, eso que fue una gran meta, se convirtió en un requisito, en una obligación. La mamá jamás se enorgullecería si su hijo, simplemente porque no quiere, volviera a usar una carriola o volviera a gatear. Una vez que el niño sabe caminar, es su obligación hacerlo siempre y no sólo eso, sino que además debe hacerlo bien, pues si no, caería a cada rato.
Conforme vamos creciendo, debemos ir saltando nuevas varas, pero a veces no sabemos que estas varas existen. Incluso nos conformamos con la última vara que brincamos y pensamos que nuestra vida está resuelta. Nos enorgullecemos de las varas libradas del pasado, pero no nos damos cuenta de que hacerlo, es semejante a enorgullecerte porque sabes caminar. Eso me pasa muy a menudo con la gente a la que conozco. Por ejemplo, excelentes estudiantes, se conforman con haber brincado la vara de un título universitario o un posgrado. Pero no intentan volver a saltar. Consiguen un buen trabajo y piensan, por ejemplo, que las únicas varas que deben brincar siguen siendo las varas al interior de sus trabajos, entonces descuidan otros aspectos de sus vidas. Estancan sus sueños.
Una de las razones por las que me convertí en un conferencista exitoso, fue porque salté una vara. Por supuesto, nadie me dijo que esa vara existía. Yo tuve que inventarla. Aunque desde niño, había sido un orador y declamador exitoso (gracias a que mi madre y mi abuela me habían enseñado a saltar esa vara), en mi familia nadie vivía de dar pláticas y conferencias. Y eso que considero que muchos de mi familia eran (o posiblemente son), mejores oradores que yo. Sin embargo, nadie de ellos quiso saltar esa vara.
Sinceramente, cuando pensé que yo podía dar conferencias, ni siquiera sabía que se podía cobrar por ello. Aún no conocía Toastmasters International y yo tenía, la inocente idea, de que los oradores que hablaban en las ferias empresariales, las expos, las mesas redondas y los coloquios internacionales, lo hacían gratis.
Sin embargo, algo me decía que, si daba un curso de algún tema atractivo, podría cobrar. Ya tenía un tema interesante pues llevaba bastante tiempo estudiando cómo es que las personas aprendemos. De modo que decidí diseñar mi primera conferencia. Sin embargo, la diseñé gratuita ¿Por qué? porque me daba miedo cobrar. De hecho, mi idea fue hacer una conferencia gratuita para después cobrar un curso. Y así lo hice. Durante dos semanas me la pasé invitando amigos y conocidos a que fueran a mi conferencia gratuita. Hice una página de Internet (chafísima, por cierto), para que la gente se inscribiera y conseguí escribir en un boletín en la empresa donde yo trabajaba. Ahí escribí un artículo de interés y convoqué a la conferencia.
Para que funcionara mi idea, tenían que ir muchas personas pues según mis conocimientos de marketing, sabía que a mi curso de paga no se inscribirían todas las personas que asistieran. Renté una sala en el World Trade Center (Bastante cara, por cierto) y tuve un pequeño éxito. Tuve un éxito porque logré saltar la vara de dar una conferencia. Sin embargo, muchas personas habrían considerado mi éxito como un rotundo fracaso porque sólo fueron 8 personas. Si se incribía a mi curso el 10% de las personas que asistieron, me daría cuenta que ni siquiera una persona tomaría mi curso de paga (De hecho fue lo que sucedió). Además, pensando en atraer a la gente, decidí ese día, hacer un concurso para regalar una beca 100%. De modo que nadie se había inscrito para pagar mi curso pero de todos modos tenía que darlo porque había regalado una beca completamente gratis. Menudo apuro.
Algo me decía que había hecho muy mal mi convocatoria. Entonces, antes de dar el curso a la chica que había obtenido la beca, decidí organizar, de nuevo, una conferencia gratuita. Mi idea era tener mucho más alcance y una convocatoria más amplia. Después de muchos esfuerzos, tuve un peor fracaso que el anterior, porque esa vez sólo fueron 2 personas a la conferencia. Además, dos personas que no se mostraron interesados en ir a mi curso.
Mi acierto fue no cancelar ninguno de los dos eventos a pesar de la baja inscripción. Conozco gente que, cuando tiene pocos asistentes, cancela sus eventos. Posiblemente, si yo hubiera cancelado, hoy no habría formado el negocio que formé. Te voy a contar porqué.
Por supuesto, me sentía fatal ante los dos minifracasos. Ya había invertido no sólo tiempo, sino también algo de dinero para comenzarme a hacer una carrera como conferencista y resultaba que, mi poder de convocatoria era prácticamente NULO.
Sin embargo, no me gusta prometer y no cumplir. A veces, cumplir me ha resultado muy doloroso. En una ocasión que quebré, quedé a deber los sueldos de algunas personas, que terminé pagando 5 años después. Pero que pagué. Si a la chica le había ofrecido una beca del 100%, tenía que cumplirlo. Obviamente, no tenía ni ganas, ni liquidez, para invertir mucho dinero en un curso por el cual no iba a ganar un peso. De modo que le hablé claro y le dije que no tenía inscritos y que podía esperarme hasta que tuviera inscritos para hacer válida su beca o que si quería, durante 8 sesiones le daría una hora y media de curso y que la ventaja sería que, contaría con asesoría completamente personalizada. A mí no me costaría más que algunas fotocopias porque el curso se lo daría en la sala de juntas de su trabajo.
Sinceramente, me daba terror que, al plantearle la opción, ella creyera que yo era un verdadero charlatán. Me he encontrado con tanta gente que vende lo que no tiene o que promete lo que no va a cumplir, que cuando le hablé para decirle eso, imaginé que me iba a decir de groserías, a escupir en la cara y a decirme que era un bueno para nada y un mentiroso.
Sin embargo, la suerte te acompaña cuando hablas con verdad (prometí que en este blog no hablaría de Dios y por eso hablo de suerte, aunque realmente sé quién fue el que actuó). Lejos de recibir insultos de Claudia, le pareció increíble la idea y se manifestó súper dispuesta. La verdad es que en esa ocasión eché completamente fuera de mi cabeza las estúpidas teorías de la ley de la atracción. Si la ley de la atracción hubiera sido cierta, entonces Claudia me habría tachado de charlatán, me habría demandado, todos los asistente se hubieran burlado de mí y hoy estaría encerrado en un cuartito viviendo de limosnas. Era en lo único que yo pensaba que me podía suceder después de mis dos fracasos como "conferencista". Sin embargo, cuando Claudia accedió, decidí hacer mi mejor esfuerzo. Hacer lo mejor posible.
Tuve que decir algunas... no mentiras, llamémosle, exageraciones. Exageraciones tales como que llevaba mucho tiempo enseñando las técnicas. No quería mostrar debilidad. Ahora entiendo que las mentiras sobraban. Sé que, aunque hubiera dicho la verdad, que era la primera vez que daba un curso, Claudia habría quedado fascinada con lo que le enseñé.
Fue tal el impacto que causé en Claudia (una sola persona), que durante el primer año que impartí cursos, talleres y conferencias, no había uno solo al que no asistiera un referido de Claudia. Incluso en mi siguiente intento por llenar un auditorio, ella se ofreció para ser mi asistente. Completamente gratis.
Lo que me he dado cuenta de saltar varas es que siempre tienes que saltar una a la vez. Por alguna razón la vida, al menos en mi experiencia, no te permite saltar todas las varas al mismo tiempo. Había ya saltado la vara de dar una conferencia (a 8 personas en el primer intento y a 2 personas en el segundo intento, pero conferencias, al fin). Había saltado la vara de dar un curso (a una persona, pero curso, al fin). Sin embargo, todavía no podía saltar la vara de cobrar por eso que hacía. Muchos escritores sobre el éxito dicen que no tienes que pensar en dinero para tener éxito. En mi caso no fue así. Yo pensaba todo el tiempo en dinero. En el dinero que me faltaba, en el dinero que había perdido por la renta de esas dos salas carísimas en el World Trade Center y en porqué aún no había podido cobrar.
Venía mi tercer intento. Con las pilas repuestas gracias a la respuesta de Claudia, decidí hacer una convocatoria masiva. No sólo invitaría a mis amigos y a mis conocidos. No sólo escribiría en el boletín de mi trabajo. Además, conocería gente nueva y hablaría con viejos amigos para que enviaran un correo electrónico al personal de capacitación de su empresa o a sus empleados para que asistieran a una conferencia gratuita.
Conseguí un auditorio que tenía la empresa que me empleaba. Debo reconocer que hice trampa. El único requisito que me pusieron para poder prestármelo es que todos los invitados debían ser de la empresa. Yo de antemano, sabía que no podía cumplir ese compromiso porque muy probablemente irían muy poquitas personas de la empresa y además había invitado a muchas personas de otras empresas. Sin embargo, les dije que no había problema (aunque crucé mis dedos por la espalda).
De nuevo tenía que saltar una vara. Ya había saltado la vara de dar 2 conferencias pero yo quería saltar la vara de que fuera mucha gente. Si no ¿a quién le vendería? Tenía miedo, de nuevo. Por muchas razones. Primero, tenía miedo de que descubrieran que estaba metiendo gente de otras empresas (por supuesto, me descubrieron y jamás me volvieron a prestar el auditorio). Tenía miedo de que se enojaran conmigo porque cobraría dinero dentro de las instalaciones de la empresa.También tenía miedo de que mis excompañeros de la escuela que fueran (dado que invité por Facebook), pensaran que lo que yo hacía no era valioso. A pesar de que estaba cada vez más cerca de los 30 años, en ese momento no había dado ese salto de madurez en el que entendí que aquéllos que me molestaban en la escuela, no eran necesariamente exitosos. Ya me veía, rodeado de los antiguos bullies, diciendo que lo que yo hacía era una porquería. Tenía miedo de que volvieran a ir sólo 2 personas. Ni siquiera tenía una secretaria que me ayudara, así que le pedí a mi papá que leyera mi Currículum y que me presentara y a 2 amigos (además de Claudia) a que me ayudaran a repartir las hojas y acomodar a la gente. Estaba demasiado nervioso, nervios que calmé un poco, escuchando música para meditar. Sin embargo, todo el camino de mi casa al auditorio fui completamente en silencio, sin hablar. 5 minutos antes de la hora, me encerré en el baño y le pedí a Dios que me ayudara. De nuevo volvería a saltar una vara. Me quedé tanto tiempo en el baño que mi amigo Luis Alonso fue a sacarme diciéndome que llevábamos 15 minutos de retraso y que la gente estaba esperando. Me quité los audífonos, salí del baño, vi a José Ramón Aja (un viejo amigo de la prepa), le hice un guiño y... comencé a hablar.
El resultado fue el siguiente: 84 personas asistieron a la conferencia y 35 se inscribieron a un curso de $750. ¿Saben lo que significó eso para mí? En 4 horas de trabajo, había ganado lo que usualmente ganaba en un mes en la compañía en donde laboraba, teniendo que estar entre 8 y doce horas diarias. No lo podía creer. Salí muy emocionado de mi conferencia, pero mentalmente ACABADO.
Regresé a mi casa y dormí toda la tarde hasta el día siguiente.
¿Por qué había terminado tan agotado? Porque había saltado una nueva vara. Una que no me había impuesto la sociedad, ni mis padres, ni mi jefe, ni la escuela, ni mis amigos (las vara que usualmente solemos brincar). Brinqué una vara que yo mismo diseñé, que yo mismo construí y que yo mismo decidí brincar.
Eso no significa que después de haber brincado esa vara, organizar conferencias haya resultado fácil. De hecho me tardé 3 años en hacer crecer el negocio, pero ya tenía una medida, gracias a la vara que había brincado.
No es que sea ambicioso. Sin embargo, siempre me gusta hacer lo mejor, tener lo mejor, juntarme con lo mejor. Incluso, a pesar de que soy un soltero de casi 33 años (y creo que mi familia piensa que se me está yendo el tren), también quiero casarme con la mejor mujer para mí. Incluso puedes saltar varas cuando hablas de citas. Por alguna razón, muchos hombres y mujeres salen con las personas que no les gustan, que no les convienen, que no los llenan. Por supuesto, yo no he sido la excepción. Pero dado que me gusta lo mejor, por eso no me he comprometido con ninguna de esas relaciones (no porque esas chicas con las que he salido no sean excelentes, sino que creo que no han sido lo mejor para mí). Tal vez algunos piensen que desperdicio mi vida o que es un pensamiento muy "elitista". Pero yo lo veo de otra forma. Cuando te casas con la mejor persona para ti, esa persona que esperaste tanto, aseguras que jamás buscarás eso que deseaste en otros brazos, porque lo tienes en tu casa. Simplemente, no todos están dispuestos a esperar el tiempo suficiente.
También en aspecto del amor y las citas, yo me he inventado mis propias varas. Y de hecho, hasta hace relativamente poco, pensaba que si no era millonario, no podía llegar a conquistar a una mujer que llenara todas mis expectativas: físicas, sociales, emocionales, intelectuales, espirituales. Sin embargo, un día, también salté esa vara. ¿Por qué? porque siempre había salido con chicas (a pesar de tener veintitantos), como si estuviera en la prepa. Llegaba en mi taxi o en mi carrito y la llevaba a los tacos o al cine o al teatro o a una fiesta. Tenía detalles lindos, sí, pero los detalles que puede tener un adolescente con una chica. Esos detalles que son lindos si eres un mocoso, pero que, cuando creces, dejan de serlo (al menos durante el momento del cortejo). Sin embargo, si tu vida va avanzando y aún no te casas, esos detalles que funcionaron en tu adolescencia, pueden convertirse en tus enemigos.
Un día, decidí cambiar de liga. Saltar la vara. Ya no intentaría conquistar a una chica de la misma manera como lo hacía antes, sino que lo haría como un hombre. Cité a una amiga que me gustaba. No es que me gustara muchísimo o que pensara que me iba a casar con ella. Tampoco es que no me gustara. Me gustaba a secas y yo supongo que también a ella le gustaba a secas. Me ilusionaba salir con ella pero a posteriori esa relación nunca funcionó. Sólo funcionó para brincar la vara, cambiar de liga. Procuré que la cita fuera perfecta. Preparé un regalo increíble, renté un auto lujoso con chofer e hice una reservación para ir a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Me compré un traje y una loción nuevas y fui a cenar con mi amiga.
Me sentí muy bien. En esa cena, mi amiga se veía hermosa. Cenamos riquísimo. Sin embargo, nuestra conversación no era la misma. Ella hablaba de su mundo y yo del mío, pero al parecer no eran compatibles ambos. A pesar de que seguí el manual de la cortesía, entendí que no por "impresionar" a una chica, significa que va a pasar algo... El amor llega con la persona indicada.
Invertí mucha energía en esa cita. Y así como cuando me sentí exhausto la vez del taller, esa noche también terminé exhausto. Nunca había hecho tanto para conquistar a alguien. Tuve que tomar muchas decisiones: escoger un auto, escoger un restaurante, escoger un regalo muy especial (pensando en ella y no en mis gustos) escoger mi ropa y por supuesto, invertir dinero. Pero todo eso sirvió para saltar una vara más alta.
Desde entonces, es mucho más fácil tener citas con chicas. Aunque aún no soy lo exitoso que me gustaría ser, ni lo millonario que quisiera, hoy por hoy, puedo invitar a salir a cualquier mujer sin importar su edad, su nacionalidad, su condición social o su físico, simplemente, porque ahora me comporto como un hombre y no como un niño que quiere salir con una chica. No me espanta tener que juntar dinero para ir al mejor restaurante y sé que puedo hablar de cualquier tema y ser divertido al mismo tiempo. Una vez que saltas la vara, entiendes que todo lo que no hacías antes era simplemente porque tenías una bola de telarañas en tu cabeza, unas voces tenebrosas que te decían que no podías o que se iban a burlar de ti o que ni siquiera valía la pena intentarlo.
No me convertí en un mujeriego, porque no va ni con mi personalidad, ni con mis convicciones religiosas. De hecho todas las citas que tengo son con sumo respeto y esperando encontrar al amor de mi vida.
Eso no significa que todas tus citas tengan que ser en un restaurante lujoso con una limousine y un chofer en la puerta. Eso podría volverlo aburrido al otro extremo. Sin embargo, lo que te quiero decir es que el solo hecho de haber brincado la vara, me ha dado herramientas que puedo ocupar para brincar las varas que me he impuesto, las que he querido... No las que tuve que cumplir porque otros me lo pidieran.
A veces, cuando los expertos del éxito hablan de salir de tu zona de comfort, a mí no me hace clic el término. De hecho, yo salto varas para llegar a zonas de comfort. Las zonas de comfort me gustan y no me gusta moverme de ellas.
Sin embargo, para llegar a las zonas que realmente me gustan y me acomodan (el verdadero comfort), como Yelena Isinbayeba, a veces debo volar por los aires... Lo curioso es que, esas zonas de comfort que me apetecen, están por encima de esas varas.
Por eso, a mí no me gusta enseñarle a la gente que "se mueva" de su zona de comfort, sino por el contrario, que busque en dónde está su verdadera zona de comfort. Y estoy seguro que, para encontrarla, deberás brincar, como Yelena, varas cada vez más altas. A veces (muchas veces) no lograrás saltar la vara que planeabas (o sólo darás pequeños brinquitos en varas a penas un poquito más altas). Que eso no te preocupe. Créeme, si no funciona, al menos te divertirás en el intento y podrás escribir tus burradas en un blog como el mío. Y créeme... Le arrancarás una carcajada a tus lectores.
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